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“... al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”.

Prof. Dr. Víctor Frankl

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CARTA DEL PADRINO DE LA FUNDACION  

Jamás sería yo sin . La existencia humana es dialógica en su sentido más amplio, y para establecer el diálogo es imprescindible el . La relación yo, logra su sentido más amplio y trascendente a través de lo dialógico, que es la manera de darse para recibir. Los hombres cálidos, los empáticos, tienen por naturaleza mayor aptitud para establecerlo. Los secos, cerrados, se cierran en sí mismos perdiendo la oportunidad de serlo aislándose en soliloquios que lejos de comprender el sentido existencial del otro, lo imaginan  a través de un discurrir consigo mismo cayendo en una actitud egoísta, infecunda que en su improsperidad lo cierra en la auto retroalimentación. Pero es precisamente la Logoterapia el camino más directo para abrirlos a su prójimo, para enseñarles que dando se puede crecer más y abrirse a la vida con mayor amplitud. Dándose, prodigándose nos sentimos más fecundos, porque ciertamente es el que da el que más se brinda, analizando sus actos, sus errores, por acción u omisión el que más se enriquece en la dialéctica dialógica. Es el que encuentra con facilidad en el diferente la posibilidad de incorporar nuevos puntos de vista y abrirse a una síntesis enriquecedora la que le dará mayor fructificación personal. Pero es necesario que el prójimo sea visto como yo desearía que me viera ó considerara en nuestra relación, de lo contrario el yo deja de ser para convertirse en una necesidad ó función mía, es decir una cosa que me sirve en tanto y en cuanto apoye mis puntos de vista y aplauda mi demanda, mi discurso ó formulación. El que esté en esa actitud autoritaria jamás logrará autoridad. La autoridad la posee quien sepa caminar por la vida en el zapato del otro, sin por ello arrogarse por nada más que conocer el porqué de las diferencias que nos separan.

Los valores míos son valederos en tanto los de mi prójimo tengan el valor de los míos, aunque no comulguen, y si acaso sean opuestos. El análisis del comportamiento distinto de ambos valores antropológicos debe llevarnos por lo menos a un entendimiento mutuo que nos lleve a preguntarnos, si al no entenderlos no es en última instancia una limitación mía, la que lejos de envanecerme me disminuye. Tampoco complacer al diferente es disminuirme, sino percibir en nosotros mismos el florecimiento personal que nos produce captar el sentido esencial del prójimo.

Prof. Dr. Mauricio I Neuman

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